Porque
en este momento yo educaría a un orador -si pudiese hacerlo- considerando, ante
todo, qué es lo que puede llegar a hacer. Quisiera que tuviese alguna instrucción
en letras, que hubiera oído y leído algo, que conociera esos preceptos [propios
de la escuela]. Examinaría qué es lo que le conviene, qué puede hacer en cuanto
a la voz, las fuerzas, la respiración, el modo de hablar. Si viera que puede
alcanzar los más altos desempeños no sólo lo exhortaría a trabajar sino que, si
me pareciese que también es un hombre de bien, se lo pediría vivamente (a tal
punto estimo que el orador excelente que es al mismo tiempo un hombre virtuoso
constituye un ornato para la ciudad entera). Pero si creyera que, aun haciéndolo
todo de manera muy esforzada, llegaría a ser solamente un mediocre orador, lo
dejaría hacer a su gusto, sin molestarlo gran cosa. Mas si fuera en un todo
incapaz, hasta contrario [a tal profesión], le advertiría para que se
abstuviese [de estos estudios] o se dedicase a otros asuntos. Porque de ningún
modo debemos desalentar con nuestras prédicas a quien puede llegar a ser un
eximio orador; tampoco ha de mudar de parecer quien puede obtener algunos resultados.
Lo primero [llegar a ser un excelente orador] me parece propio de cierta
divinidad; lo segundo, esto es, no hacer lo que no puede hacerse óptimamente, o
hacer lo que no se hace del todo mal, es propio de la condición humana. Pero lo
tercero, vociferar contra toda conveniencia y fuera de toda posibilidad, es
(como tú lo dijiste, Catulo, refiriéndote a cierto charlatán) característico
del hombre que reúne con su personal pregón numerosos testigos de su propia necedad.

No hay comentarios:
Publicar un comentario