TEXTO 2
Ahora, si alguno quiere llamar orador a este filósofo que nos brinda abundancia de conocimientos con elocuencia, por mí puede hacerlo; y no me opondré a quien prefiera llamar filósofo a aquel que posee la sabiduría unida a la elocuencia. Pero quiero dejar establecido que no es digna de alabanza la torpeza para hablar de quien tiene los conocimientos, mas no puede expresarlos con palabras; tampoco lo es la ignorancia de aquel a quien las palabras no le faltan, careciendo no obstante de contenidos. Si tuviera que elegir entre una y otra, ciertamente preferiría la sabiduría falta de elocuencia, a una verborrágica necedad. Sin embargo, si buscamos a quien esté por encima de todos, debemos otorgar la palma al orador docto; permítase que se le cuente entre los filósofos, y cese toda controversia. Pero si separamos al filósofo del orador, aquél será inferior, porque en el orador perfecto se encuentra toda la ciencia del filósofo, mientras que en los conocimientos de los filósofos no se halla necesariamente la elocuencia. Y aunque quieran despreciarla, deben admitir que corona, de algún modo, su saber.
III, XXXV, 142-143

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